Visión de progreso con amor de campo

Son las adversidades y el anhelo de salir adelante en la vida capaces de motivar a un hombre, y si el impulso va acompañado de un amor puro a su trabajo y la compañía incondicional de su familia, no existen límites para lograr cualquier meta.

El 19 de enero de 1965, las tierras nobles de un pasado distante en la Calera de Víctor Rosales, Zacatecas, verían nacer a Jaime Flores Raygoza, segundo de 7 hijos fruto del matrimonio de Manuel Flores Martínez y Amadita Raygoza Torres.

A la edad de 8 años ya acompañaba a su padre en las tareas del campo a temprana hora del día, con pequeñas labores que despertarían en él, de forma innata, una especial fascinación por los cultivos, un asombro infantil por el desarrollo de los frutos que da la tierra fértil; “siempre me dio curiosidad ver cómo brotaba la semilla, cómo nacía la matita, tenía curiosidad de verlas crecer, de ver cómo se desarrolla cada hoja, cómo se abre la flor…”

A lo largo de su infancia mezcló las labores del campo con las obligaciones estudiantiles, trabajando con su padre a la vez que con su abuelo, de ellos aprendería el preciado valor de la perseverancia para cumplir sus metas en la vida; “teniendo humildad y siendo acomedido, donde quiera se va a acomodar y en la vida le va a ir muy bien”, rememora la frase de su abuelo que mantendría como un lema de vida.

De ahí pasaría a colaborar con un tío, y luego con conocidos y amigos, siendo el trabajo rotativo una constante en su vida, laborando en todos los puestos, conociendo un poco de todo, jamás desaprovechando una oportunidad de crecer y aprender. Pero el cariño y apego a las frescas praderas era mayor que el más cómodo de los salones, a tal punto que decide abandonar la escuela a los 14 años para seguir su vocación de vida.

Sería la vida misma quien le haría cambiar de opinión; “aprendí que se ocupa estudio para ser alguien en la vida, para avanzar y superarse”. Retornaría a terminar la educación básica y de ahí, partió a Monterrey, para trabajar en el negocio de la construcción y al volver a su tierra logró graduarse de comercio abierto a los 17 años; ya con un título en la mano, volvió al campo que tanto amaba. Al poco tiempo se casa con Romelia Villaseñor Reyes con quien tendría 3 hijos, todos heredando el mismo anhelo de superarse.

Trabajando como regador obtiene algunos surcos de tierra, sería este hecho el que detonaría su verdadera odisea en el campo. A partir de ahí toma la dedicación y con trabajo duro empieza a prosperar con algo propio, empezando una planeación de estrategia de inversiones que le permitieron crecer de algunos surcos a rentar la tierra y de forma posterior a poseerla; todo con trabajo arduo y fe, de aquella que caracteriza a los hijos del campo, logrando buenos resultados, permitiéndole empezar a forjar un patrimonio.

Con aquello, su cariño por el campo subió aún más, a lo largo de su vida se desempeñó en diversas labores, pero nunca se sintió tan pleno como cuando estaba en medio de los cultivos; “soñaba el campo, soñaba las plantas, cuando sembraba… todo eso me gustaba mucho”, rememora con un brillo en los ojos que encierran la luz del sol de campo en ellos.

Aun así, Jaime Flores es consciente que todo aquello hubiera sido imposible sin el apoyo de su familia, de su pareja, de sus hijos a quienes les enseñó desde pequeños, las faenas del campo, las mañas de las plantas, igual como hiciera con él su padre, igual como hiciera su abuelo, la enseñanza de un arte milenario que pasa de generación en generación, que enamora a los hombres por su nobleza y prenda por su satisfacción.

“El campo es una labor muy noble, solo basta el trabajo duro y la unión familiar para salir adelante en todo lo que uno se proponga… el campo nunca significó para mi riqueza, yo solo quería asegurar el sustento de mi familia y poder brindarles una vida digna, estudio, comida… mi gusto es ver realizada la cosecha”.

El ver el fruto germinar de la tierra le da gran satisfacción, es la motivación de su vida; el ver las plantas nacer, verlas desarrollarse, luchar contra las plagas y las inclemencias del tiempo, “la ilusión de ver como amanecen los cultivos, y en la noche antes de regresar a casa verlas como descansan… pedir con mucha fe a Dios que nos las cuide, siempre por el amor a la tierra”, todo dicho con un cariño y amor paternal.

A últimas fechas, Jaime Flores puede mirar su trayectoria y sentirse feliz con los frutos que germinaron de su siembra; el ver a sus hijos, recibidos de estudio y siguiendo sus sueños como él mismo hiciera con los suyos. Sus tierras, tan fértiles y verdes, aquellas que le han dado todo lo que un hombre puede necesitar, a pesar de las dificultades de haber empezado desde cero, supo sobresalir con trabajo, voluntad, fuerza y una familia que lo respalda.

A pesar de la situación actual del campo, Jaime ve el mañana con esperanza, “sin el campo no vamos a sobrevivir… ojalá que nadie pierda la fe de seguir apostando al campo, es algo que une a la familia, colaborando con su granito”.

Ejemplo de visión y valores, un verdadero emprendedor del campo, siempre con la mente hacia el mañana, hoy día toma iniciativa de una empresa familiar en la distribución de ajo (su cultivo predilecto) bajo el nombre de una marca, muestra de hasta donde la determinación de un hombre y el soporte de su familia pueden llegar. A su descendencia, dice, solo tiene un par de palabras que dejar de legado; “la fe en Dios y el amor a la tierra”.

 

Bryan Pichardo Gallegos / El Despertar del Campo

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