De sueños, adversidades y nuevos caminos

Su ingenio e historia hoy son admirados, recordado con gran cariño y respeto como un verdadero hombre de campo con los pies en la tierra y su visión en el mañana, trazando y cumpliendo metas como un apasionado agricultor y un auténtico vaquero, un líder nato que supo guiar y proyectar para bien los destinos de todo un ejido, pero, sobre todo, como un extraordinario padre de familia, pilar y ejemplo de vida.

“En una ocasión, una vaca se escapó y papá corrió, tomó una soga de entre mis manos y, brincando una cerca sin tocarla, lanzó la soga y atrapó al animal en el mismo viento”. Esta anécdota cargada de nostalgia de uno de sus hijos, tan corta como emocionante, es una de tantas que condensan y dejan en claro la habilidad que Don Braulio tenía en el manejo de los animales.

Cuenta su familia otras historias sobre la tremenda destreza que este tenía desempeñándose como un gran charro cuando dicho vocablo no tenía aun el significado de hoy en día; pero por las decisiones de su propio padre, fundamentadas en su determinismo de no ver a los animales como medio de entretenimiento y deporte, si no como seres de trabajo y crianza que debían ser tratados con respeto siendo un medio de sustento fundamental en aquellas épocas.

Casado y con hijos, Don Braulio solía llevarlos a los coleaderos de la región; lugares donde ocurrieron un sinfín de sucesos que hoy recuerdan con cariño y alegría. Y era en esos espacios donde él disfrutaba pasar las tardes, contemplando las proezas de otros hombres que exhibían los resultados de días y días de entrenamiento y práctica; hazañas que él conocía y dominaba a la perfección y que, de haber tenido la oportunidad, podría haber logrado de forma notable.

Pero con todo y las hazañas que realizaba, muchas de las cuales solo atestiguaron sus hijos, el centro de todo siempre fueron los animales. Y cuando las cosas se complicaron, y los animales del rancho se fueron terminando, Don Braulio se deprimió.

Le gustaban los coleaderos porque sabía colear, pero cuando la ausencia de los animales fue total, dejó de acercarse a esos lugares porque no le gustaba solo ser un mero espectador. El hecho de no tener nada que lo hiciera sentir parte de aquello, lo arremetían de forma indudable a ser un lugar más en las gradas de asistencia. Don Braulio era un hombre de acción. Y no volvería a pisar un coleadero hasta muchos años después, cuando aceptara la invitación de sus hijos.

Don Braulio siempre tuvo el talento nato de un gran charro, y si en su juventud no entró en la práctica por la negativa de su padre, en su adultez e independencia se negó a hacerlo por el gran respeto que siempre le guardó. Don Braulio era muy apegado a su padre, y el fallecimiento de este fue un golpe muy duro que sin duda resintió.

Los hombres de campo crecen con una habilidad especial, una resiliencia nata que desde pequeños viven y observan, y de esa observación viene el aprendizaje y el crecimiento, el poder salir adelante y abrirse paso como las cosechas mismas que florecen en la adversidad.

Los tiempos no siempre son buenos. Como en la naturaleza misma; las tempestades, los vientos de cambio y las épocas de sequía, también son momentos que se asoman dentro de la propia vida. Y en esta historia, esos cambios no son la excepción.

Después de los cuatro meses del año donde solía trabajar en la siembra y cultivo de temporal, solía pasar el resto del año haciendo adobes. Edificando su patrimonio con sus propias manos; sus conocimientos en albañilería no solo le permitieron construir su hogar, sino que más adelante sería una cualidad que daría paso a una nueva etapa. “Tenía muchos talentos”, recuerdan sus hijos.

Un año difícil en el campo le hizo entrar en la necesidad de conseguir trabajo en otro lugar, ajeno al cultivo. La respuesta vino cuando consiguió trabajo en la obra, en la construcción del aeropuerto como un peón.

Pero sus capacidades siempre salieron a relucir y en poco tiempo fue promovido al manejo de la maquinaria pesada, llegando a ser el segundo al mando después del jefe encargado de dicha área.

De esa forma al desarrollar tal habilidad domando ahora los animales de hierro para la construcción, sumando a su grato y amable carisma, le valieron la empatía y buena relación con el capataz de la obra. Tanto fue su afecto que este, en calidad de foráneo, terminó por hospedarse en la casa de Don Braulio, rehusando vivir en cualquier otro lado; y al poco tiempo terminaría por traer a toda su familia.

De esa misma relación salió la ayuda para realizar el trámite que concretaría con la realización de su pozo y futuras posibilidades de conseguir trabajo en el Estado de México en oportunidades que el mismo capataz le daba ante la mala situación por falta de las lluvias.

En igualdad de circunstancias, pero en diferentes épocas, se llegó a ir también a los Estados Unidos de América como bracero. Así mismo, trabajó en otros estados donde sus habilidades fueron necesitadas.

Pero entre los viajes, la siembra, el trabajo dentro y fuera del campo; nada lo preparó para lo que sería su legado más grande y con el cual dejaría su huella y marca en la historia de todo un municipio. El momento en que se convertiría en comisariado ejidal.

Ese momento significaría el final de una época de andaduras y marcaría el inicio de una nueva, donde sus talentos y habilidades, tan aclamadas de antaño, quedarían puestos a prueba por el bien de la comunidad.

Espera la 3ª y última parte de esta motivadora semblanza, en próximas ediciones…

Los hombres de campo como Don Braulio Juárez crecen con una habilidad especial, una resiliencia nata que desde pequeños viven y observan, y de esa observación viene el aprendizaje y el crecimiento, el poder salir adelante y abrirse paso como las cosechas mismas que florecen en la adversidad.

Bryan Pichardo Gallegos / El Despertar del Campo

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