Relatos y reflexiones de una mujer única 2ª parte

 

Las mañanas en el rancho El Herradero, a inmediaciones de Las Catarinas de Fresnillo, Zacatecas, empiezan de forma rutinaria a las 6 de la mañana con el gorjeo de las aves que habitan por el lugar, cantos que alegran la vida de Doña María Pérez Palacios. Felicidad que se respira en cada espacio de la casa que ella misma formó al lado de su marido; con muros que guardan cientos de historias tan increíbles como la vida misma.

“Mujer como ella, no hay otra”, sostiene con firmeza su familia a la que dedica cada mañana de su existencia. Siempre orgullosa de haber sido ella quien educó de primera mano a sus hijos, lejos de las malas influencias e injustos ideales; con un firme lazo madre-hijo forjado en las raíces del amor más sublime, el materno, siendo ella misma su propia partera quien ha recibido el milagro de la vida en sus propias manos, “fui madre tantas veces que hasta ni cuenta me di… por eso siento a mis hijos más ligados a mí”.

Pero el suceso de sostener un hijo en sus manos no fue siempre un acto de emoción placentera, Doña María recuerda con pena el cruel escenario del alumbramiento de uno de sus vástagos: una mujer sola bajo una noche lluviosa, en medio de un cuarto inundado, a oscuras y sin la menor experiencia; el doctor más cercano sufre las inclemencias del tiempo y le es imposible llegar; por lo que ella misma, con su temple solido e indómito, tuvo que sacar la casta y hacerse cargo de la labor, afortunadamente de la adversidad siempre renace el carácter, y gracias a aquel momento, cualquier otro infortunio en comparación resulta menor, fortaleciendo así aún más su ingenio y temperamento.

Doña María siempre supo sacar adelante a su descendencia, en estudio y crianza, en valores y pasiones, y hoy día, siente la gratitud como madre en ellos, satisfecha con la idea de haber cumplido hasta donde su cuerpo y alma le han permitido.

Por otra parte, su hazaña autodidacta con sus partos le valió fama en el ramo, tanto así que, con el tiempo, terminó obteniendo el título de partera oficial en la región; “a tardes y mañanas venía la gente a solicitarme ayuda, hubo semanas que no dormía ni un rato, me amanecía por allá apoyando en el parto y luego volvía a casa a trabajar y luego regresaba otra vez… así me la pasé… pero yo era feliz”. El agradecimiento de esa gente la llenaba de entusiasmo y la estimulaba a seguir con su noble labor, sin importar la distancia ni lo amenazador del tiempo, el motivo era claro: la experiencia extrema de su primer parto a solas era un escenario que ninguna mujer merecía sobrellevar, no si ella podía hacer la diferencia. En total, sus partos ascienden a la increíble cifra de 3,000 nacimientos en los que ella auxilió de forma desinteresada, encomienda realmente meritoria y loable que le han valido el elogio y el aplauso de muchos.

Como el marino de un navío en medio de la tormenta, aferrándose a su más resistente mástil; Doña María siempre encontró la fortaleza en su persona, en su familia y en su religión, ya que como una buena mujer mexicana con la fe en el corazón, siempre ha visto a Dios como lo más grande, y a sus santos como sus intérpretes; a estas creencias, permanece apegada y agradecida por todas las maravillas que le han concedido.

Así como el día da paso a la noche, y después de la tormenta llega la calma, también los tragos amargos que presenta la vida siempre dan paso a momentos de alegría y de paz. En ese sentido, recuerda, como junto a su marido, establecieron la primera escuela rural de la comunidad, empezando con un pequeño jacal de palma que sirviera de aula en la enseñanza de sus propios hijos; así con el tiempo, los ideales de superación con miras a las generaciones futuras impulsaron el proyecto de educación con una maestra al frente del lugar, pero la desconfianza de los lugareños proyectada en la sombra de un estilo de vida arraigado en la ignorancia, complicaron el sueño educativo, pero al final, la aspiración de progreso fue más fuerte que la disputa, “nosotros queríamos que no estuvieran en nuestra situación, deseábamos que se prepararan mejor y se hicieran valer por lo que son, y hasta cierto punto creemos haberlo logrado”.

“Es una cosa para mi increíble, hacer todo lo que llegué a hacer”, reflexiona sobre el esfuerzo y su dedicación al trabajo arduo de campo, aquel que aquellas fértiles tierras vieron.

Hoy día, basta con ver los ojos de Doña María para encontrar ese brillo ardiente, lleno de vida, una vida bien vivida; alegre de ver su pasión reflejada en la herencia de su familia, quienes han seguido ese linaje de auténticos mexicanos, como hombres y mujeres de a caballo, dignos charros que preservan el honor y la gallardía, enalteciendo sus creencias y tradiciones como lo más valioso al conferirles identidad y orgullo. Descendencia que ha recibido un gran ejemplo como legado; “ya les puse la muestra, como se aguanta, como se sufre… por ello yo espero, que en cada momento difícil que tengan, me recuerden a mí”.

Sobreponerse en los momentos difíciles ha sido una constante en el camino de Doña María quien con gran valor ha sabido seguir avante, “como en todos los golpes duros que me ha dado la vida, no he tenido de otra más de que aprender a resignarme tratando de pasarla lo más normal posible; murió mi mama, yo no lloro, murió mi papá, no lloro, murió Benjamín, no lloro tampoco, se soportar y lo siento mucho, porque es difícil imaginar el dolor de perder al compañero de 66 años de vida… y quiero seguir soportando, pero ya los años me están doblando, aunque de aquí hacia atrás no lo lograron, por eso hice tanto y aguante tanto, porque no me se doblar, quizá sea la única gracia que tengo en la vida”.

Mujer de campo, cronista de la tierra y testigo de épocas pasadas. Las anécdotas, venturas, desventuras y sentires de su vida han sido tales que se ha visto en la necesidad de plasmarlas en una obra literaria, epístola de la trayectoria de una mexicana del siglo pasado. Libro autobiográfico que comenzó a gestarse en su mente desde el momento en que contrajo matrimonio, dado el impacto que esto significó en ella, al comenzar una nueva vida desde cero, aquello y los fuertes cambios y contrastes que en el sendero ha tenido que experimentar.

Para ella, la escritura significa mucho, se autoproclama poco apta para hacerlo, pero la inspiración es demasiada; la técnica no importa, solo se deja llevar por el sentimiento que desborda de sus memorias, como una catarata que derrama su flujo sobre las páginas en blanco, llenándolas de imágenes oníricas, de tierras fértiles y mañanas frescas, de noches complicadas y atardeceres con sabor amargo. Ocasos en su jardín, donde el frescor de sus rosales la transportan a primaveras pasadas, como un fantasma de la naturaleza preservado en cada hoja, cargando el tiempo en sus raíces.

“El campo simplemente para mí lo es todo, y a la fecha no he encontrado quien lo vea como yo lo veo… hay gente que reniega de vivir en él, yo no, de corazón estoy feliz de seguir aquí”. Y bajo el cielo azulado iluminando su rostro, Doña María, con una sonrisa cordial brotando de sus labios, resume su vida entera en un pensamiento, “Dios me ha concedido el saber soportar la vida y dar lo mejor de mí para dicha y honra de futuras generaciones”.

 

 

 

 

Bryan Pichardo Gallegos / El Despertar del Campo

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