El campo bajo la mirada analítica y el cariño de un corazón humano

No es secreto para nadie que los entornos rurales traen consigo una atmósfera mística que invita a la paz, a la reflexión y al bienestar de uno con el mundo y consigo mismo; como si este revelara cierto patrón más modesto y humanitario en aquellos que se relacionan con el campo. Sea por la dignidad que ofrece el trabajo rural o la vena benévola que corre bajo la tierra, permea cierto halo de tranquilidad que ofrece un ímpetu de compasión hacia los otros.

Gran ejemplo de ello es el médico Luis Gerardo Pérez Muñoz, veterinario de profesión y productor agropecuario de corazón, radicado en las cálidas tierras de Aguascalientes.

Para él, la tierra lo fue todo desde el principio; siendo descendiente de un linaje dedicado a la producción de leche que se remonta a los tiempos de sus bisabuelos, Luis Gerardo se vio rodeado de un entorno de trabajo y compromiso que adaptaría a su propia personalidad. Recordando como de pequeño, el hecho de visitar la granja era más un símbolo de diversión y descubrimiento que de trabajo y cansancio. Y con ese ideal en mente fue creciendo, tanto en edad como en interés por su entorno, alternando sus tiempos escolares con la rutina productiva los fines de semana.

Los años entre la brisa del atardecer bajo los cielos hidrocálidos. El sofocante y seco calor del campo, como un cálido abrazo de la tierra misma; el mugido de las vacas, como el canto rumiante de un coro que pregona sencillez y ofrece armonía. El sentir de la tierra bajo las botas y el aroma amargo-dulce de la cebada, sensación que queda en los labios y embriaga no al cuerpo, sino al alma; la rutina del campo es más que un estilo de vida, es la vida misma en sí: “Día con día lo hacemos con gusto -asegura- y el trabajo cuando lo haces con gusto, ni mucho trabajo es”.

Sumado al trabajo en el campo, vino de la mano con él un genuino cariño a los animales. Situación que se vio reflejada en su constante posesión de mascotas y, más adelante, en un interés por el bienestar de los animales que poseían en la granja. Pequeñas migajas que derivarían en una profesión latente orientada a la veterinaria. “Todo nació del mismo gusto y de ver la necesidad que había, ver que hacía falta el tener un médico veterinario aquí al frente.”

El gancho final que prendó su camino por la medicina animal fue un siniestro episodio de su juventud durante el cual se presentó una constante serie de abortos entres los animales. Su curiosidad nata por llegar al fondo del problema lo llevó a encariñarse en definitiva con dicha carrera y a fomentar un estilo de medicina que optaba por remediar el mal antes de que este se presentara. Medicina preventiva antes que correctiva.

Años después, egresado de la máxima casa de estudios del estado, la Universidad Autónoma de Aguascalientes, tuvo la suerte de irse a trabajar a otros establos al norte de Jalisco donde duró 3 años atendiendo ranchos. Comenzando su carrera como auxiliar de un médico que atendía por esas tierras, y más adelante forjándose una reputación propia que le hizo ganarse el aprecio de los lugareños y llegar a atender hasta 8 ranchos por diversas zonas tapatías.

Pero la prosperidad también llegaría a su propia granja y estando en calidad de hijo único, se ve en la necesidad de volver a tierras hidrocálidas para auxiliar a su padre y centrarse en su producción creciente. De las tierras de Jalisco se llevó más que la experiencia, los buenos recuerdos los que atesora de por vida en la mente y en el corazón.

Así es como logra crear un nuevo ambiente en la granja, negocio que manejan él y su padre con toda la pasión y dedicación que dos hijos de la tierra saben infundir en su quehacer diario. “Tenemos una simbiosis muy padre, los anhelos de él son los míos”. Hoy día, ambos siguen al frente del negocio generacional, siendo su padre el encargado del área administrativa y él de lo operativo.

Más de 23 años en el ramo le han curtido de la experiencia necesaria para conocer como la palma de su mano el trabajo, el lugar y las necesidades que se presentan día con día en su labor. Ha sabido sortear los altibajos y los retos que la naturaleza le ha puesto enfrente. Siempre con la mirada analítica de un médico, pero con el corazón de un pequeño que contempla la granja con la misma ilusión infantil con la que un día la conoció.

Pero, al igual que las cosechas, existen los temporales buenos y malos; y así como los años de apogeo llegaron como la luz del sol, le siguieron también las noches de tiempos difíciles. Dichas épocas se traducen en la forma de ver el patrimonio de una empresa creada en conjunto siendo vendida por conflictos entre los mismos socios, terminando así en manos de una famosa compañía distribuidora de lácteos. “Ellos no venían por la leche, venían por el mercado; por lo que a los productores de Aguascalientes los dejaron sin tener donde vender su leche… fueron tiempos muy complicados porque la leche es de diario; diario se produce y diario se tiene que vender”.

Ahí comenzó una época donde tuvo que tocar puertas en varios sitios para poder aprovechar el néctar albino que sus vacas producían. Así hasta que un día volvió a encontrar un cliente seguro al que proveer. Pero en el transcurso a alcanzar la estabilidad, llegó al punto de dar la leche fiada a las empresas con tal de sacar el producto, en muchos de esos casos no volvió a ver un pago pendiente nunca más. Era regalar su trabajo.

Sin embargo, pasando la tempestad es cuando la vida renace y en su constante búsqueda por innovar, crecer, y, sobre todo, servir, es que un nuevo proyecto comienza a tomar forma en su mente, un proyecto que no solo reformulará las viejas costumbres adaptadas a los tiempos automatizados que corren. Sino un proyecto mecánico que promete expandir y llevar a la ciudad la experiencia de las verdaderas mieles que ofrece el campo, mieles que la sociedad urbana ha olvidado bajo los cielos metálicos y el grueso asfalto debajo de sus pies. Un retorno a lo natural de la forma más pura posible.

Un médico entre inventos, legados y nuevos horizontes del campo

Reza un dicho que todo tiempo pasado fue mejor. Y aunque la calidez de la nostalgia nos pueda permitir confirmar dicha frase en ciertos contextos; lo cierto es que, en muchos otros, el avance siempre nos da la oportunidad de hacer las cosas mejor.

Esa fue la mentalidad principal que el médico Luis Gerardo Pérez Muñoz tomó en cuenta cuando vio la oportunidad de mejorar una situación cotidiana y tradicional para mezclarla con los tiempos que corren y evolucionarla a una aspiración mayor que pretende combinar lo mejor de dos mundos.

Todo comenzó con algo tan básico como el consumo de leche, en días en que la gente de un fraccionamiento cercano acudía a la granja con la intención de comprar dicho líquido; situación que atendía con gusto pero que, en ocasiones, y por la intermitencia horaria de las solicitudes, terminaban por interrumpir sus labores diarias en el establo.

Esa fue la semilla que derivó en su gran invento. Con el afán de seguir compartiendo el néctar nutritivo de las vacas y bajo la mirada de alguien que vela por la salud, termina comprando un pasteurizador y comienza la construcción de un dispensador de leche.

Dicho equipo permitiría no solo brindar un producto con buen estándar sanitario, sino, además, dar la posibilidad de dejar carta abierta en cuestión de horario para que cada persona pudiera disponer de ella sin importar el momento del día. Desde la ama de casa que la procura con cariño para sus hijos, hasta el productor casero que ve el sustento diario en los derivados lácteos, pasando por el jornalero que regresa tranquilamente a casa cuando cae el atardecer; todo aquel que lo desee es bienvenido.

“Es una manera de regresar a los tiempos de antes, de que tal cual da la leche la vaca, tal cual se vende a la gente… y las personas se benefician porque se llevan un producto de muy alta calidad a un muy buen precio”.

El camino no fue sencillo y la máquina dispensadora, como todo aquello que vale la pena, tuvo su periodo de prueba y error antes de llegar a una fase definitiva que reflejara su sueño tal y como en un primer momento lo imaginó.

Casi de forma inmediata el invento tuvo buena acogida por los lugareños, quienes ven en dicho dispositivo la forma de acceso a un producto natural y seguro. Y Luis Gerardo, con la mentalidad de médico con la que desea llevar el bien a una sociedad común, guarda en sus anhelos la intención de distribuir la leche de esta forma en varios puntos no solo de las zonas que colindan con el establo, sino en la capital del mismo estado, y porque no, más allá de sus fronteras.

Es consciente del reto, empezando por el desafío de mantener la leche en óptimas condiciones hacia los puntos de descarga. Pero el sueño ya está sembrado y las tempestades solo riegan con sus aguas la semilla del proyecto que poco a poco florece, como un logro más en su vida.

“Quiero que las amas de casa conozcan la leche de verdad, y no solo los productos que venden en las tiendas que son “fórmulas lácteas””.

Y en su labor se sabe bien acompañado, no solo por parte de su padre con quien saca adelante la granja, sino de su familia misma. Casado desde los 23 años, es padre de 3 hijos que sirven de soporte y le incitan a ser guía y ejemplo a seguir con sus acciones.

Actos invaluables que ha emprendido en aras de transmitir el mismo cariño que él ha sentido y que ha heredado de sus antecesores, y que, dicho sea de paso, parece haber logrado. Dos de ellos caminan sobre su senda en los estudios de veterinaria y una tercera incursiona en los agronegocios.

Este nuevo salto generacional le ha hecho reflexionar sobre un fenómeno invertido que se hizo evidente a raíz del tema de la pandemia: la migración de la juventud hacia el campo. La sangre joven retomando el control de la tierra sobre sus hombros. Después de un marcado estereotipo sobre la cuestión agrícola siendo vinculada a los hombres de avanzada edad y el joven añorando el urbanismo como garantía de progreso, se vio un acto inverso que, visto en retrospectiva, no es tan descabellado.

“Se estaba haciendo viejo el campo, pero los jóvenes se están incorporando de nuevo… la pandemia nos enseñó que hay dos cosas que no paran; el campo no paró y al no detenerse, no hubo caída como en el resto de las empresas”.

En ese sentido, muchos vieron al campo como un lugar seguro, una alternativa a la compleja situación laboral que la pandemia trajo consigo, una especie de refugio contra la urbanización del mundo; demostrado así el poder de la naturaleza que se mantuvo firme ante el caos, fue lógico que el futuro mismo se vislumbrara más claro entre los surcos y los corrales y menos entre las marañas de hierro y hormigón de las ciudades. Un futuro entre los viejos legados que fueron heredados de generación en generación desde el inicio del arte agrícola mismo.

Y hablando de legados, Luis Gerardo ve el suyo no solo en sembrar el cariño del campo en sus hijos, sino en lograr hacer conciencia sobre la importancia de este, la relevancia de tener alimento de calidad, de elevar el estatus de su tierra en este ramo, de poder compartir su amor con la gente.

Pues para alguien como él, el significado del campo es tan claro como el viento; “demostrado está que es el que puede sacar a México adelante, que no paró y que estuvo trabajando día con día, con o sin pandemia”.

Y así, con ese aire beneplácito que lo caracteriza, se vislumbra a todas luces como un hombre pleno y feliz de lo que ha logrado; conforme con la larga senda que sigue transitando y cuyo destino, como todo buen médico veterinario, solo mira hacia el horizonte del bienestar de sus tierras, sus animales y toda aquella persona a la que pueda tenderle una mano.

Bryan Pichardo Gallegos / El Despertar del Campo

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