Incursionando en un nuevo desafío

Poco a poco nos vamos adentrando a este gran desafío llamado año 2024, el cual sin duda trae consigo enormes retos, pero también probables ventanas de oportunidad, las cuales se irán abriendo en la medida en que la tecnología, la experiencia e innovación se conjunten en favor de una evolución sustentable del sector agroalimentario.
Dando una leve lectura sobre la situación que guarda la oferta alimentaria, según su relación con el Producto Interno Bruto sectorial obtenido por entidades federativas y municipios, refleja en el tiempo la evidencia de que en el país existen regiones fuertemente especializadas en producción, diversidad, agroindustria y alto nivel de productividad, frente a otras que carecen o han abandonado su vocación por la producción agropecuaria, siendo desplazadas por problemas de competitividad y ahora son dependientes de las primeras.
Ello permite una primera clasificación de regiones vulnerables frente a otras que no lo son; sin embargo, la seguridad alimentaria en este nivel es un asunto de accesibilidad y no de disponibilidad, por lo que sus verdaderas dimensiones se ubican en la capacidad para consumir, dada por las magnitudes de ingreso disponible y también de su deterioro tendencial.
De cualquier modo, la producción es una primera condición para definir un mapa de seguridad alimentaria, lo cual se asocia con el volumen producido y la capacidad de abasto de cada región. Una mayor vocación productiva, estabilidad de la producción, diversificación y canales adecuados de abastecimiento, pueden favorecer el acceso hacia los alimentos generados en la propia región y en otras, lo cual hace suponer que con ello mejoran las condiciones internas de seguridad alimentaria.
Al contrario, regiones deficitarias, sin especialización, diversificación, ni producción suficiente, serán más dependientes de la oferta externa (regional o internacional) para satisfacer sus propias demandas alimentarias, situación que las hace más vulnerables, en caso de no contar con la diversificación económica regional suficiente que les permita cubrir los déficits con importaciones.
De acuerdo con el valor de la producción, según el comportamiento del PIB agropecuario, las entidades de Jalisco, Veracruz y Sinaloa muestran la mayor aportación, pues ahí se genera casi el 25% del PIB total del sector; le siguen Michoacán, Sonora, Guanajuato y Chiapas que en conjunto aportan 20%. En un nivel intermedio se ubican Oaxaca, Chihuahua, Puebla, Estado de México, San Luis Potosí, Tamaulipas, Zacatecas y Guerrero, cada una de ellas aportan entre EL 3 y 5%. La mitad de las entidades restantes del país participan marginalmente, ya que sus aportaciones no rebasan 3% respecto al nacional.
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El Despertar del Campo, La Nueva Visión Del Agro…
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