Legado de lucha de un caudillo del nuevo siglo

El legado de un hombre no se mide por las riquezas acumuladas que clama como suyas ante el mundo, esas son posesiones banales que se pierden con la erosión del tiempo y sepultan bajo la tierra del olvido; el verdadero legado se traduce en la cantidad de vidas humanas que ha logrado cambiar y en los corazones que ha tocado y que lo recordarán por las acciones que día a día realizó a favor de un interés mayor que sí mismo.

En su posición como líder del Frente de Lucha Campesina, Don Manuel Medina Ortega no mira el panorama agrario con la visión pesimista del agricultor promedio. En su experiencia, los programas agropecuarios de hoy están haciendo un cambio real que antes no se había percibido y, fiel a su propio estilo, lo prueba con las numerosas granjas acuícolas que él mismo coordina y el empeño meritorio que pone en la protección de las abejas.

No se limita a colocar un grano de arena; él siembra campos enteros con semillas a granel, cultivos de lucha, esperanza, y vocación que darán frutos de cambio, conciencia y renovación. Hombre de campo con temeridad moderna, experimenta con huertos de plantas de olor, producción de olivo e innovación con el impulso al sistema de trueque entre los principales productos de un estado hacia otro.

Consciente del rezago educativo latente en las comunidades rurales, mismo del que él padeció en su momento; y conocedor de lo indispensable que es la educación para salir adelante, ha formado unidades de industria de todo tipo donde las empresas campesinas costearán la educación profesional de los hijos de los labradores del campo. La inversión en el futuro sigue presente en las estrategias del frente.

Todo aquello encajado en un esquema cuidadosamente planeado, nada queda al azar. ¿Cómo mantener financiado un sueño como ese?, por medio de las asesorías jurídicas que ofrecen para resolver problemas legales relacionados con el tema agrario. Revelando así la ironía de la vida misma al conseguir el sustento resolviendo agravios gubernamentales para así financiar su cruzada contra la opresión misma que las instituciones ejecutivas oponen contra él.

Amante del arte y la cultura, ve la relación intrínseca entre estos y el acto mismo del trabajo rural, y parte de su proyecto social añade el promover los centros de cultura donde fomenten el esparcimiento; pues se requiere, en sus propias palabras: “mantener la mente ocupada, pero en cosas de bien”.

Padre de tres hijos, todos profesionistas; se muestra especialmente satisfecho de tener entres sus vástagos el interés particular de uno de ellos en tomar la antorcha de la causa, y saberla llevar con honor cuando la vida le cobre factura al final de sus días.

En este apartado, él se sabe mortal, humano; y haciendo gala de su calculadora planeación, ya prepara el terreno para dejarlo en las mejores manos; “el frente de lucha fue un parto doloroso, -afirma- hay que cuidarlo… la lucha significa compromiso, responsabilidad y orgullo”.

Toda una travesía por aquello que siempre amó, y como todo viaje, no camina por las peligrosas sendas él solo; le acompaña una legión de servidores que creen en lo que hace y confían en su liderazgo rumbo a un panorama mejor en lo que él considera “el sustento del mundo”, una peregrinación de camino a la tierra prometida. Visiones con las que soñaron grandes hombres como él desde los albores mismos al nacimiento de una nación independiente y que fueron retomados en tiempos de revolución.

Tiempos que para él no han terminado, pues no olvida sus raíces y la vida en medio de una tierra congelada entre dos periodos históricos y del cual se considera un caudillo más al servicio de esos anhelos: “Lo voy a hacer hasta el último suspiro… la mayoría lo hacemos como servicio social”.

La suya es una guerra sin cuartel y como en toda guerra, las victorias caminan al mismo paso que las derrotas; pero aún en los peores días, no deja que la situación lo desanime y mantiene la vista enfocada en no perder el sueño en medio de la neblina del desasosiego. “Esto tiene que seguir, con todo y altibajos y demás… es mejor que nos domine la satisfacción de ser útiles a los otros”.

Los avances son grandes, pero la utopía de igualdad y dignidad sigue lejana y a cada paso que da se vislumbra la meta sobre el horizonte, igual que un ocaso con el cálido brillo del sol sobre la franja de tierra, un símbolo es esperanza y promesa sobre un camino empedrado de ideales.

Las batallas ganadas son muchas, pero el conflicto continúa; una lucha que se ha extendido por siglos en tierras mexicanas y en la que cada generación encuentra a su propio campeón, un hombre dispuesto a darlo todo por alzar la bandera de los oprimidos y ondearla sobre los verdes campos que hombres nobles trabajan. Hombres que desconocen el lenguaje de la avaricia, pero hablan el idioma de la tierra y conocen sus secretos.

Practicante de una magia milenaria que produce vida y de la cual Don Manuel Medina Ortega ha quedado prendado desde aquellos años tiernos en que conociera el cariño del verde, emoción que lo mantiene al pie del cañón en su travesía: “aquí está mi esencia, aquí está mi origen… y yo creo que aquí me voy a morir, pero feliz de haber cumplido con defender a mi gente”.

Bryan Pichardo Gallegos / El Despertar del Campo

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