Memorias de un padre de campo

Reza una frase que recordar es volver a vivir, pero en ocasiones, de entre el mismo recuerdo y la nostalgia, surgen a la vista personas cuya historia, ingenio y paso por este mundo son admirados por propios y ajenos, como el crecer de un árbol que emerge entre los cultivos de un seto. Hombres de campo con los pies en la tierra, la mente en el cielo, en el mañana y en un horizonte donde las cosas y el entorno siempre puede ser mejor.
Esta es la historia de un agricultor, un comisario de ejido, un verdadero vaquero, y, sobre todo, la historia de un padre.
Don Braulio Juárez Vera nace en las legendarias tierras de Jerez, Zacatecas, bajo el seno de una familia tradicional el 26 de marzo de 1931. Siendo varios los hermanos con los que crece, solo 5 le sobrevivirían en aquellos tiempos de antaño.
Ya sea por destino, fortuna o capacidad, lo cierto es que Don Braulio siempre mostró su talento como hombre de campo; dedicado en su trabajo, fiel a su labor y amante de los animales, a los cuales siempre trató con respeto y con los que logró una habilidad tal que llamarlo un vaquero real no era errar el comentario, un charro verdadero en momentos donde esa palabra no tenía el significado ni el auge de hoy.
Con menos de 5 años, creciendo ya sea entre los viajes continuos de sus padres a Aguascalientes a vender carbón, o entre las planicies de la tierra de siembra en las labores de campo, Braulio ya se encontraba involucrado en los trabajos de agricultura, siendo parte de un engrane familiar que en conjunto lograban el sustento y función de toda una vida en el campo. Es justo ese tema, el de la unión y la familia la que siempre caracterizó a Don Braulio, temas sobre los cuales cimentó su propia filosofía de vida y la cual practicó entre sus hermanos y su propia descendencia.
Su paso por las aulas no fue afortunado y sobre ello, ocurrió una situación común entre los niños de aquella época; tuvo la oportunidad de cursar el primer año en tres ocasiones, pero al poco tiempo de comenzar curso solía abandonarlo para apoyar a su familia con la siembra de las tierras. Pese a ello, y pese al deseo de haber querido continuar el estudio, Don Braulio desarrolla un talento nato, único y ágil para las operaciones matemáticas, habilidad que más tarde le valdría el apoyo para desempeñar el puesto con el que dejaría su huella en la historia de un municipio.
Si bien, fue un hombre cuyo nombre hoy reluce en las páginas de la historia del Ejido, siempre existirá la persona detrás, la figura íntima que pocos tienen el beneficio de conocer y cuyas virtudes son y serán contadas por sus hijos y los hijos de sus hijos por generaciones. De boca en boca, como se comparten las mejores historias.
A la edad de 21 años contrae matrimonio con la joven Manuela Aguilar Rojero, también oriunda de suelos jerezanos, y se establece en Calera de Víctor Rosales, trabajando por su cuenta su propia tierra. Pero los azares del destino y la mala racha de un año lo orillan a él y al resto de sus hermanos a volver a trabajar en conjunto, como en los viejos tiempos.
En su memoria, sus hijos lo recuerdan con el mayor respeto. Como un verdadero ejemplo, un hombre de trabajo y, sobre todo, un buen padre; “no había quien le ganara en el trabajo” concuerdan, “aun estando en edad avanzada era muy trabajador… como padre fue un ejemplo y para nosotros un gran orgullo”.
Su rutina era la rutina de los hombres de antaño. Su día le ganaba al sol pues cuando este apenas despuntaba por el horizonte, él ya se encontraba envuelto en las faenas del campo. Y de ahí, hasta que el sol mismo perecía en el ocaso del atardecer, su actividad no cesaba y sus fuerzas parecían provenir de las mismas raíces que con tanta dedicación sembraba.
Aún y con el trabajo como estilo de vida, siempre estuvo presente en casa. Estando ahí para su mujer y sus hijos; para quienes, más que un padre, era un compañero de vida y un verdadero amigo.
Con nostalgia, rememoran los días en que solían acompañarlo a trabajar los fines de semana. Momentos tan simples, pero tan cargados de significado. Ese es precisamente el juego de la nostalgia, la capacidad de tomar momentos cotidianos e inesperados para volverlos joyas que se atesoran en la mente de quienes tienen la fortuna de vivirlos.
Días con el aroma del campo cargado en el aire: la primera vez que enseñó a cosechar frijol a uno; el momento en que montaron, a su lado, su primer tractor; las temporadas de cosecha en que todos dejaban la casa y se iban a vivir al campo, convivencias tan plenas que, al oírlas, se antojan de ensueño. Experiencias vistas con el cariño de quien mira una foto vieja, con el papel desgastado y amarillo, pero con la misma emoción y sensación de volver a estar ahí.
Era un hombre que siempre quiso a sus hijos, pero de ahí en más, solía ser un hombre solitario, centrado en su labor.
Trabajador, pero no desapegado. Noble, como todo un caballero. Un agricultor que siempre sintió el aprecio por sus tierras, pero, sobre todo, por sus animales. El ganado era su rol cuando pequeño y aquella prematura conexión, sumada al talento nato que desarrolló, lo hicieron hábil en el manejo de los animales, aun así, era humilde al respecto y nunca llegó a contarse a sí mismo entre los grandes reconocidos por sus labores.
Recordar es volver a vivir, y con todo y el nombramiento que ostentaría a futuro, las altas y la bajas en su vida, los accidentes, las pérdidas y los logros, siempre sobrevive a la erosión de la memoria aquellos momentos tan puros como las tardes compartidas, en la familia, en instantes padre-hijo.
El tiempo, como el campo, siempre estarán sembradas de historias y experiencias que a simple vista se pierden y se mezclan como el resto de la cosecha. Pero basta mirar con atención para descubrir, en el resquicio de los surcos de la sociedad, historias que parecen invisibles al mundo, pero tan increíbles como la vida misma.
Espera la 2ª parte de esta motivadora semblanza, en próximas ediciones…
Trabajador y Noble, como todo un caballero. Un agricultor que siempre sintió el aprecio por sus tierras, pero, sobre todo, por sus animales. El ganado era su rol cuando pequeño y aquella prematura conexión, sumada al talento nato que desarrolló, lo hicieron hábil en el manejo de los animales, aun así, era humilde al respecto y nunca llegó a contarse a sí mismo entre los grandes reconocidos por sus labores.
@despertardelcampo Pasión y legado de campo que trasciende generaciones…
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Bryan Pichardo Gallegos / El Despertar del Campo
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