La superación ante la adversidad natural del campo

Se tiene la creencia que el reconocimiento y el legado van de la mano, de forma intrínseca, con el tiempo y las edades avanzadas. Pero es una verdad innegable el hecho de que no son los años, sino la persona la que hace que una vida esté llena de éxitos y superaciones, sin importar el tiempo.
Este es el caso de María Guadalupe Martínez Torres, una excepción y grata sorpresa que emerge de entre la adversidad para tomar su lugar en un ambiente dominado por hombres y un claro ejemplo de éxito ascendente contemporáneo.
Nacida en el municipio de Rincón de Romos, Aguascalientes, un 21 de octubre de 1994, María pertenece a la nueva generación de productores agrícolas, herederos de la tierra en tiempos convulsos y con una visión alimentada por las nuevas corrientes mecánicas e ideológicas de cambio que perduran hoy en día.
A sus 26 años, ya conoce de forma profunda la labor del campo, el sacrificio que se esconde detrás de cada surco y las penas que nacen como plantíos de entre las raíces. En pocas palabras, una mujer forjada en la cara menos romántica que tiene el entorno agrícola.
Siendo la quinta de seis hijos, es la mujer mayor de todos sus consanguíneos (siendo cuatro varones y dos mujeres en total). A la edad de 7 años aprende las maneras del campo de mano de su padre, “mi papá me enseñó todo el trabajo del campo, todo el trabajo que un hombre realiza yo también lo sé hacer… lo que ellos hacen normalmente, me tocó hacerlo a mí como mujer rural”.
Al igual que muchos de sus contemporáneos, maniobró entre sus labores con la tierra y el ámbito educativo, alternando tiempos para no fallar en sus responsabilidades. Sobre ello, rememora su rutina en tiempos escolares; recordando aquellas madrugadas oscuras, ganándole el saludo al gallo, donde ella y su madre caminaban cerca de un kilómetro para realizar la ordeña de las vacas, para luego cargar la pesada carga de leche en sus espaldas a través de una loma, atravesando los obstáculos naturales que se escondían en la penumbra hasta llegar al termo donde las pipas hacían la recolección del lácteo.
Solo hasta entonces, era libre de ir a la escuela. Y ni siquiera en ese apartado se las veía fácil. Siendo de la comunidad de Rancho Nuevo y ante la precariedad educativa del lugar, tenía que estudiar en el municipio, apoyándose de un conocido que la transportaba por las mañanas. Teniendo que recurrir al “aventón” de vuelta a su hogar; los días que no tenía suerte, habría de recorrer la larga distancia de regreso bajo el abrazador sol de las tempranas tardes hidrocálidas.
Ya en casa, se reanudaba el ritual campesino donde daba de comer a los animales, cortaba la alfalfa, molía el rastrojo, o lo que hiciera falta en un entorno tan demandante donde el trabajo nunca termina.
Y este andar y hacer se repitió desde la educación básica hasta el bachillerato. Viendo su juventud ser consumida por un estilo de vida que pide lealtad absoluta y no permite descansos; “yo veía a mis compañeras y amigas del rancho listas para salir en fin de semana, y yo me quedaba a ordeñar vacas… recibía burlas por mi aspecto sucio del trabajo en el campo, y si nos daba pena (a su madre y a ella) que nos vieran así; una trata de ensuciarse lo menos posible, pero así es el trabajo”.
A los 18 años, con el bachillerato concluido, la situación da un giro y entra a laborar para una fábrica donde permanece por 4 años, hasta que comienza una época de duras pruebas que medirán su temple y encaminarán su nuevo rumbo.
Iniciando con una enfermedad que la postra en una silla de ruedas por 5 meses. En ese lapso, es despedida de su trabajo y los diagnósticos médicos son confusos, teniendo solo en claro que se trata de una afección en la columna. El mal avanzó al punto de quedar parcialmente paralizada y tener que depender de la atención de su madre en sus actividades básicas.
El trago amargo tardaría año y medio hasta que recupera su salud. Al término de aquel episodio, nace en ella un ímpetu de emprender y el deseo de continuar con sus estudios. En el camino, fracasa en su intento de ser maestra en su comunidad por la falta de aprobación por parte de sus vecinos. De forma paradójica, aquel incidente da pie a lo que sería el negocio de su vida.
“Ahí es donde llegó la oportunidad de mi vida” asegura, “mi hermano Bryan me dice, <tenemos que aprovechar los recursos que tenemos, porque no lo estamos haciendo como es debido… tenemos que cambiarle, porque eso de la agricultura no está funcionando>, tenía que hacer algo diferente, algo que impacte, que llame la atención… decidimos poner una granja de peces”.
Siendo su padre socio de un pozo, disponían del agua necesaria y con el apoyo económico de sus hermanos varones, todos residentes en EUA desde temprana edad, se puso en marcha el nuevo sueño que ella estructuró y dio forma. Teniendo que viajar a la capital para poner en tierra lo que en su mente ya comenzaba a germinar.
“Si no fuera por ellos (los hermanos), no estaría donde estoy ahora… se nos complicó, pero no me vencí, porque yo también quería ese cambio. Quería ser una líder, quería ser un ejemplo”. Y con la respuesta positiva por parte de SEDRAE con el presupuesto para proyectos acuícolas, consigue las asesorías técnicas necesarias y comienza a materializar el proyecto.
Pero de la idea a la creación hay mucho camino, y este, al igual que aquellos que recorría de madrugada en aquellos lejanos años, está plagado con la sombra de la incertidumbre y nunca se sabe con qué piedra de adversidad pude tropezar con cada paso. Es desconocido, pero de su propio ímpetu y deseo de marcar la diferencia nace la luz que le da el temple y guía necesario para comenzar a andar el aventurero sendero.
Espera la 2ª parte de este relato, en próximas ediciones…
Bryan Pichardo Gallegos/El Despertar del Campo