Fortaleza y pasión de una mujer única

De entre todas las normas que existen en la naturaleza, existe una máxima que destaca: nada puede crecer en el campo sin raíces; los frutos del árbol dan fe de ello, y su brillo y dulce sabor son el testimonio perfecto de la fuerza e importancia de estas. Trasladado al entorno social, es de suma importancia la figura materna como núcleo y cimiento de la familia, semilla que al germinar es prueba de los valores sembrados.

En ese sentido, transcurrió la alentadora y tenaz historia de Amelia Ruíz Luján, nacida un 16 de agosto de 1938 en las verdes tierras jerezanas, siendo la mayor de 5 hijos, fruto de la unión de los señores Don José Manuel Ruíz Román y Doña Jacinta Luján Hernández, familia de campo, fuertemente arraigada a su tierra y a todas sus tradiciones.

Por ello, para Amelia la agricultura y la ganadería serían un talento innato, heredado desde generaciones atrás, por lo que, el hecho de levantarse al alba, junto a los primeros rayos del sol, y caminar los surcos labrados y sembrados, fue algo cotidiano y a su vez sumamente estimulante para sus sentidos; el tocar, escuchar, ver, oler y saborear los frutos que la madre tierra provee eran para ella el mayor placer y uno de sus más grandes logros. No obstante, de su gran cercanía con la naturaleza, en su adolescencia por mandato paterno e iniciativa propia, bajo la idea de cultivarse y superarse como persona, se trasladó al municipio de Guadalupe para ingresar a un instituto pedagógico con la meta de recibirse como educadora, profesión influenciada por sus primas, a quienes frecuentaba bajo una relación estrecha, las cuales terminarían por ser maestras, pero ella no finalizó sus estudios en esa rama, ya que su corazón y vocación no estaban dentro de una aula, sino en la frescura, el verdor y la libertad que brinda la verdadera vida de campo, estando así pronto de vuelta en su hogar, donde posteriormente conocería al hombre de su vida, Daniel de la Torre Rodríguez, a quien le profesaría su devoción, y compartiría su interés y respeto por la naturaleza, área donde siempre enfocaron en conjunto sus esfuerzos y capacidades para sacar adelante a su familia.

Para ese entonces, sus padres y hermanos, habían dejado la perla jerezana, trasladándose al municipio de Calera, en busca de terrenos nuevos y aires diferentes, con la esperanza de convertirlos en fuente de un mejor futuro. Así, Amelia junto a su marido, con el hambre de éxito y mejores oportunidades, deciden también emigrar, dejando atrás su lugar de origen con rumbo hacia la búsqueda de nuevos sueños bajo la prometedora fertilidad de suelos calerenses, nexo entorno al cual girara la mayor parte de su historia.

De esta forma, se arraiga en la región y entra fuertemente como agricultora y ganadera, versada en el arte del cultivo, productora experimentada de granos y hortalizas, como maíz, frijol, avena, cebada, chile, papa, cebolla, calabaza, entre otras, acostumbrada a ordeñar las vacas de su establo a primeras horas del día; por lo que cabe reconocer que para Doña Amelia el campo no solamente era un elemento de trabajo, para ella era todo un estilo de vida, el cual amaba, sentimiento que se podía ver reflejado en su rostro mediante un gesto gustoso al verse inmiscuida entre plantas y animales, a pesar de que ello representara un arduo esfuerzo, lo que sin duda pasaba a segundo plano al estar contemplando con claridad la majestuosidad de un cielo azul, sobre la alfombra aterciopelada café de la tierra venida, de donde brotan coloridos y brillantes frutos.

Así y aunque los estándares de la época, dictaban para la mujer otro tipo de roles, más apegados a las labores del hogar, ella no era lo que usualmente llamaban una ama de casa, y aunque se partía en mil piezas para no desatender a su esposo e hijos, también era capaz de cansar en la jornada de trabajo en campo a el empleado más audaz y joven, práctica que le dio la experiencia necesaria para poder mandar y dirigir con tenacidad el desempeño de grandes cuadrillas de gente contratadas para labores inherentes como la plantación, la pica, el deshierbe, la pizca o cosecha, selección y empaque, entre otras, forjando de esa manera su temple y carácter sencillo pero firme, duro, pero con gran empatía hacia los demás, cualidades que son propias de un gran líder, por lo que aún y cuando el mundo de los negocios en el sector era dominado por el hombre, esto para Doña Amelia nunca fue una limitante, ganándose el respeto y la confianza de muchos en base a su constancia y liderazgo. “No hay negocio en la casa”, solía decir.

Le gustaba ver la semilla, ver nacer la planta y como va creciendo, y es justo esa admiración por el desarrollo, ese instinto maternal con la naturaleza, el que la haría hacer lo propio con su familia.

Como madre no era una mujer cariñosa, era de carácter fuerte, recia; lo que ella decía se tenía que hacer, pero pronto, siempre tratando de transmitir lo que ella sabía”, rememora con nostalgia su familia. A pesar de su mano rigurosa, siempre fueron intensos los esfuerzos que realizó por mantener la unión a costa de todo; siendo conocedora de la importancia que recae en el vínculo sanguíneo y en el valor de sembrar este concepto para forjar frutos de solidaridad. Y con ello en mente, organizaba reuniones para perpetuar el sentimiento; “ella quería que estuviéramos juntos, nos juntaba en Navidad, en su cumpleaños, íbamos al rancho en Semana Santa donde hacía sus comidas”.

En lo personal, se le consideraba una mujer socialmente aislada que gozaba de su privacidad y no frecuentaba mucho los eventos sociales, salvo contadas excepciones. Amante del arte de la tauromaquia y el deporte nacional por excelencia; gozaba de las visitas al mar y se mantenía con una reputación recatada y de respeto entre los habitantes del vecindario, con quienes llevaba una relación de compañerismo y afecto.

Pero, así como el otoño da paso al invierno y las flores se marchitan en la nieve, Doña Amelia fue víctima del paso de los años y con ellos, huésped de una enfermedad que terminó por apagar la luz de su vida. Diagnosticada con cáncer de páncreas, vive sus días finales rodeada de la familia que crio y a los cuales heredó tantos valores; en la última etapa de su enfermedad fue tratada en tierras tapatías, pero al saber lo poco que quedaba por hacer, decidieron trasladarla de regreso a su hogar, falleciendo en el mismo lugar que su marido, en casa.

Lugar donde vivió tantas historias y que vio crecer con el mismo orgullo y empeño con el que observaba a las plantas germinar. Un paralelismo natural por excelencia que cierra un ciclo marcado por el amor y la comprensión a las raíces y todo lo que brota de ellas.

Y así, un miércoles 13 de junio del 2007 a la edad de 68 años, parte Doña Amelia Ruíz Luján, hacia los Campos Elíseos donde goza del eterno nacer de verdores que nunca terminan; mientras en tierra, los frutos de su existir cuentan sus historias y vivencias. “Nos dejó sus enseñanzas, heredándonos su disciplina y amor por el trabajo, forjando a sus hijos como personas de bien que valoran las cosas que de verdad importan en la vida”, cuenta su familia a manera de elogio lleno de respeto y admiración.

Bryan Pichardo – Salvador Juarez / El Despertar del Campo

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